La licántropa del departamento 4B tenía un problema muy poco digno de una criatura salvaje de la noche:
la silla de la computadora.
No las balas de plata.
No la luna llena.
No el hambre ancestral.
La silla.
Cada transformación le dejaba la espalda hecha un acordeón mal cerrado y, encima, el apoyabrazos derecho emitía un “crack” sospechoso cada vez que se sentaba a escribir sus manifiestos nocturnos sobre la decadencia del mundo moderno y la imposibilidad económica de comprarse unas zapatillas decentes.
Porque sí: los hombres lobo también hacen listas imposibles.
—Una campera negra larga.
—Tres pares de medias sin agujeros.
—Un perfume caro con olor a bosque húmedo y problemas emocionales.
—Una silla gamer.
—Un alma nueva.
Eso último siempre lo tachaba porque después le daba culpa.
Vivía sola, salvo por un murciélago jubilado que aparecía algunas noches a dormir colgado de la cortina del living. Nunca hablaron demasiado. Había confianza, pero no intimidad.
A veces, cuando la luna estaba particularmente insoportable, la licántropa abría documentos vacíos solo para mirar el cursor titilar.
Ese pequeño imbécil luminoso.
Como si dijera:
“Bueno. Sorprendeme.”
Y ella no tenía ganas. Ni ideas. Ni columna vertebral funcional.
Entonces empezaba a arrastrar cosas al escritorio.
Fotos viejas.
Texturas.
Recortes.
Palabras sueltas.
Un ticket de supermercado.
Una imagen borrosa de una mujer fumando abajo de un cartel que decía “NO APOYARSE”.
Y armaba garabatos digitales que nadie entendía.
Ni ella.
Pero ahí pasaba algo extraño.
Porque mientras acomodaba capas absurdas y letras torcidas, el cansancio dejaba de pesarle como una piedra y empezaba a pesarle como una manta.
No solucionaba nada.
Seguía sin silla nueva.
Sin perfume.
Sin peluquería.
Sin plata.
Sin orden mental.
Pero el monstruo se tranquilizaba.
Que ya es bastante.
Una madrugada encontró en internet un anuncio rarísimo:
“SE BUSCA: criatura nocturna con conocimientos básicos de collage emocional y resistencia al absurdo.”
Pagaban mal.
Obviamente.
Consistía en entrar en sueños ajenos y reorganizarles el caos estético a personas agotadas.
La licántropa aceptó.
Desde entonces, algunas personas se despiertan con una extraña sensación de belleza inútil. Como si alguien hubiera ordenado un poquito el desastre interno mientras dormían.
No se nota mucho.
A veces solo aparece una frase en la cabeza.
Algo mínimo.
“Tal vez el caos también descansa.”
Y después siguen con su vida normal, sin saber que una mujer mitad loba, mitad agotamiento lumbar, pasó toda la noche moviéndoles recuerdos como quien acomoda muebles en una casa abandonada.
La silla sigue rota.
Pero ahora le puso una manta arriba.
Dice que así duele con más estética.





